sábado, 3 de diciembre de 2016

MARXISMO Y «ROCK SUBTERRÁNEO»: EL DEBATE, 1985-1986 (parte 6, Óscar Malca)





VI

ÓSCAR MALCA [«SIGFRIDO LETAL»]:
 “¿QUIÉN LE TEME A LOS ROCKEROS SUBTERRÁNEOS?”


Como era previsible, harta piedra trajo el torrente de alegatos –y, como no, exabruptos– contra los subterráneos, especialmente tras la nota aparecida en el Nº 3 de esta revista. Pero el río ya hace mucho que venía sonando: recuérdese nomás que semanas antes un canal de televisión había convocado a curas, siquiatras y miembros de la policía para que analizaran la conducta de estos vándalos del rock. Lejos de ser interesante discernir si se trata de pecadores, orates o delincuentes, creo que lo que bien merece la pena es alcanzar a los lectores de El Zorro, cuya mayoría seguramente no es especialista en estos temas rockeros, algunas precisiones para que se hagan una idea más clara de un fenómeno que no por irregular o ambiguo es menos importante.

1. LO QUE REALMENTE SE DISCUTE
En el artículo que mencionaba al comienzo[1] quise dar mayores luces sobre el asunto, a partir de dos o tres hechos donde la izquierda, o parte de ella, habían apresurado un juicio más que sumario que terminaba, como es obvio, en una ridícula condena. Una suerte pues de macartismo al revés.

Para demostrar que mi punto de vista era incorrecto, cuando no tramposo, aparecieron las réplicas de Augusto Ruiz en «Hipocampo» y Quique Larrea aquí en casa.[2] El primero, tras gruesas tergiversaciones de lo que yo había escrito, una confusa teorización y un ostentoso sancochado de datos que camuflaban el craso desconocimiento del tema, junto con la trasposición mecánica y acrítica de conceptos de sociólogos e historiadores ingleses, todavía confinados en los paradigmas interpretativos del sesenta, no hacía sino redundar –con variantes, claro está– en los viejos esquemas de los que me quejaba en dicho texto. Más interesante resultó el artículo de Larrea, pues hilvana con inteligencia una serie de (pre)juicios bastante extendidos y enraizados en la intelectualidad de izquierda y [en] rockeros vinculados a generaciones anteriores: su coherencia es pues la de ese sentido común.

Pero esto que en ocasiones puede ser una virtud –mens sana in lugare comune, diría Monsivais– lo que hace en realidad es poner al descubierto la discusión de fondo entre concepciones diferentes de el arte y lo popular, que no de la política, que sería mucho discutir. Y me toca, ay, el dudoso privilegio de defender a quienes aparecen atentando contra honorables ideas que se han ganado, con su vigencia, un lugar privilegiado en el corazoncito de todo intelectual que se estime.[3]

2. EL RU(G)IDO DE LA CIUDAD
Digamos que son las cinco de la tarde y nos hallamos en una esquina del Cercado. Paredes grises y descascaradas contrastan con el incesante flujo de los multicolores emblemas de las líneas de microbús. Gente que sale apurada de la oficina: en la calle las veredas están repletas y desbordadas por transeúntes fatigados e irritables. Embotellamientos, desorden estridencia de cláxons y ambulantes ofreciendo sus productos; alguien es víctima de un escapero y sus gritos de auxilio rebotan hasta perderse en los rostros indiferentes de la muchedumbre. Lima.

Imaginemos que hemos seguido caminando con las pequeñas multitudes que se agolpan al filo de la vereda para cruzar la pista. Así, a la espera de la luz en el semáforo, será posible apreciar el generoso intercambio de insultos entre un cobrador de la línea X y un pasajero poco dócil que habla de sardinas y algo relacionado con el respeto. Quizá también el silbato de un guardia, la aguda voz de un niño cantor, el tronante paso de vehículos con el escape roto o el motor cayéndose a pedazos, podrían llamar nuestra atención. Pero, acerquémonos, más, repito, es Lima, una metrópoli cualquiera en América Latina: concentración urbana, miseria, caos, violencia, ruido.

Ruido. Y no sólo el centro de la ciudad; los distritos populosos que lo rodean poseen asimismo, y en oportunidades alcanzan cotas insospechadas, de bullicio y violencia. Esto, sin mencionar la violencia que proviene de la política: granadas, petardos, balazos y sirenas.

Diferente es lo que ocurre en barrios residenciales: allá todo es frío y silencioso, las calles están casi desiertas –en sectores de Camacho, La Molina o Monterrico ni siquiera hay veredas– y en sus zonas comerciales apenas si resalta el ronroneo de las modernas cajas registradoras. Aun en sus picos de efervescencia social (comercial), la moderación –signo inequívoco de «buena educación»– aplica su reluciente guillotina para cortar cualquier exceso que pueda parecerse a la vulgaridad y estridencia de las clases bajas. Pues son ellas las que se visten con «colorines», discuten como «placeras» y gritan como «callejoneras».

Y si música es, en rigor, organización de sonidos, habría que ver con qué banda sonora se crece y se vive cotidianamente; ello permitiría determinar, junto con otras instancias que intervienen en dicho proceso, las sensibilidades musicales que coexisten legítimamente en la urbe.

3. Y LOS LLAMARON SALVAJES POR NO SABER ANDAR SOBRE PARQUET
En nuestro medio se vienen desarrollando dos expresiones musicales estigmatizadas por el espantapájaros del «buen gusto»: la chicha y el Rock Subterráneo. En ambas se critica su condición espúrea, vulgar, excesiva –una por melodramática y otra por agresiva– y, finalmente, ruidosa. La música es, dicen, un ARTE. Y el arte, por supuesto, es concebido como una especie de paraíso portátil del buen gusto y la armonía; nociones que utilizan cual si fuesen universales que operaran del mismo modo para las múltiples socialidades que habitan la ciudad. Aunque el tema desbordaría estas notas, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué tendrán que ver las músicas cultas y refinadas con el chongo citadino que visitamos en el acápite anterior? Manifestaciones modernas de una sensibilidad plebeya y juvenil –una de sectores criollo-populares y otra de migrantes andinos–, lo cierto es que la chicha y el Rock Subterráneo son las que mejor expresan, a su peculiar manera, lo que significa vivir (en) Lima para las mayorías.

Pero dejemos a un lado la chicha, que su reciente prestigio sociológico la ha provisto de variados defensores, y quedémonos con los sonidos que hacen esos “mocosos malcriados, engreídos (y) disfrazados de víctimas del sistema”[4] que han irrumpido, sin que nadie los invitara, en el templo inmaculado de la música a profanar la santidad de sus más castos sacerdotes.

En primer término conviene aclarar que tras el membrete simplificador de «Rock Subterráneo» se ha estado hablando, sin mencionarlas, de las distintas ondas que se desarrollan desde dicho espacio: el pop (La Resistencia, Inodoro), el rockabilly (Éxodo), e dark (Los Yndeseables, Feudales), el rockanrol (Leusemia, Flema), el after-punk (Zcuela Crrada, Delirios Krónicos), el hardcore (Guerrilla Urbana, Excomulgados, Sociedad de Mierda) y, de un modo u otro, la fusión (Del Pueblo, Seres Van). Que se ilustre el lector, que el público no lo necesita, simplemente oye y se vacila: tal es la proliferación de estilos e identidades que caracteriza al rock de los ochenta. No sé si el árbol impide ver el bosque, pero el hecho es que, por ignorancia, mala intención, o ambas cosas, se tiende a juzgar a toda esta multiplicidad por su vertiente más violenta y primitiva: el hardcore.

Soy consciente de que semejante enumeración, aparte de espantar a los xenófobos de siempre, resultará de lo más extraña a los lectores; pero se trata tan sólo de la pluralidad de variantes que posee el rock contemporáneo y que cualquier fanático conoce, aun a pesar de que los mass media tienden a difundir sólo sus versiones más estandarizadas y digeribles.

4. EL SONIDO Y LA FURIA
Lo de «subterráneos» les viene por su intransigente oposición al mercantilismo y por su postura contra los grupos más institucionalizados del rock nacional. Asimismo, por el circuito de producción, circulación y consumo en el que se mueven, un tanto por decisión propia y otro porque el establishment rockero los combatió desde el principio y les dejó libres sólo las zonas marginales que jamás le interesaron (Villa María del Triunfo, Rímac, San Juan de Lurigancho, Comas, Barrios Altos, Carmen de La Legua, Mirones, El Agustino); aunque un par de veces al año se invitaba a algunos grupos a los escenarios privilegiados (Miraflores, Barranco, Jesús María).

Si a Larrea la constitución de un circuito alternativo real le parece irrisorio porque en el país hay muchos de índole informal, se debe a que existe una diferencia muy grande entre quienes hacen música como hobby en sus ratos de ocio y quienes ven en el rock –por los motivos que fuesen– la razón de sus vidas.

Se me ha acusado, no sin cierta razón, de ser poco crítico con estos “mocosos malcriados”. Sin embargo se olvida que las oportunidades en que he acudido a diarios de circulación nacional y aun a revistas como ésta, es porque los vándalos estaban siendo objeto de condenas y escandalizadas invectivas, que no sólo venían de esos que uno de mis replicantes llama «cucufatos cuadriculados», con argumentos deleznables que merecían ser desbaratados. Por lo demás, dar línea o lecciones de urbanidad jamás me ha parecido demasiado atractivo; y si no hacía valoraciones estrictamente estéticas es debido a que más me interesaba la globalidad del fenómeno cultural.

Obviamente, como en cualquier parte, entre los subterráneos hay grupos buenos y malos; pero también es cierto que la música se hace de acuerdo a las condiciones materiales de que se dispone, y en esa medida es explicable que el hardcore sea el estilo predilecto para empezar: su carácter simple y elemental lo hace fácilmente asequible. Mucho se ha hablado de su onda anti artística y panfletaria. Lo que ocurre es que no se tiene en cuenta que el arte culto es diferente del arte de masas, aunque de aquel tenga bastante: en esta nueva condición, el arte ya no es visto o consumido en tanto ritual de ‘lo bello’, sino que es vivido como una práctica generadora de intensidades, es decir, una práctica simbólica que se vale tanto de signos artísticos como de signos llanamente comunicativos. Y, en este caso orientados a expresar una identidad grupal y sectorial en proceso de constituirse por oposición a lo institucional. La radicalidad de la propuesta hardcore, en esa medida, es entonces comparable a experiencias límite en el arte, tan extremas y distantes entre sí como las de Duchamp y Cage en el campo de las formas mismas y las de ciertos artistas latinoamericanos bastante ganados por la denuncia directa.

¿Qué son sino los murales de Diego Rivera, las películas de Jorge Sanjinez, o el cartel y la historieta cubana? ¿Existe acaso un límite claro entre Arte y Panfleto?

El minimalismo punkero de los vándalos no es pues nuevo ni original, ni ellos ni su público pretenden que lo sea: únicamente les es útil para entrenerse y putear un poco por lo que ocurre en su medio social. Que a unos no les guste el modo en que lo hacen no evita que a otros sí. En el fondo, lo que indigna a los nuevos cancerberos de la estética es que quienes protagonizan tal tipo de experiencias no sean artistas «diplomados», como los del párrafo anterior, sino unos simples «mocosos malcriados».

5. ACADEMICISMO, ¿ENFERMEDAD SENIL DEL IZQUIERDISMO?
Tanto Ruiz como Larrea incurren en discutibles formulaciones de «lo popular». Para el primero, le es escalofriantemente fácil decantar su lado «bueno» (progresista) del lado «malo» (retardatario), a la vez que confunde el mismo término con algo así como ser de izquierda. Lo cual por supuesto deja fuera todo lo que no puede ser canalizado por el discurso político tradicional, ni ser fijado por el compulsivo positivismo taxonómico de las ciencias sociales.

El segundo, continúa manejando concepciones esencialistas y pre figurativas que perciben lo popular como un ideal y no como una realidad viva. Es así que nos surte de una práctica receta con la que podremos estimular el desarrollo de aquello que sólo está en «potencia». De igual modo, me parece que entrevera una categoría cultural con otra más próxima a los marketings de Radio Panamericana: si el Rock Subterráneo –dice Larrea– quiere ser popular… debe gustarle a todos.

Creo que a estas alturas ya está bastante claro que ningún grupo subterráneo, como ocurre en los países donde hay buen rock, va a ser totalmente masivo. Tal es el sino –y la estrategia– del nuevo rock de los ochenta: así como se desconfía de los rollos totalizadores y los proyectos musicales generalizables a toda la sociedad, sus ritmos están dirigidos a consolidar identidades y satisfacer auditorios por zonas, barrios, esquinas, pandillas, colleras. Casi que cada grupo habla a socialidades específicas, parciales.

Y sospecho que es superfluo aclarar que no digo esto porque me veo “obligado a develar la esencia de una actitud que en el escenario ha comunicado otra cosa”: únicamente explico algunos dispositivos culturales que desconoce la gente ajena al rock, que para ellos se escriben estas líneas. Si en el artículo anterior parece que critico al público, la razón es que en esas dos oportunidades estaba mayoritariamente compuesto por izquierdistas premunidos de esos modestos prejuicios que sirven para cautelar su virginidad ideológica.

En cuanto a «frustraciones», ni siquiera esas dos lo fueron realmente –y no lo ignoran ambos autores–; la única frustración grave que han conocido estos «mocosos malcriados», es el fracaso de su auto organización. Pues lo puramente espontánea, si bien es cierto que favorece la manifestación de lo genuino y libre, también limita con crueldad sus posibilidades de futuro como movimiento colectivo.

Finalmente, debo confesar que si me he extendido tanto y por momentos he sido brusco se debe a que mis dos oponentes llevaron al papel, repito, opiniones harto extendidas en ciertos círculos intelectuales y políticos donde se raja sin haber asistido a un solo concierto u oído atentamente a más de dos bandas, en las precarias grabaciones que realizan, y sin siquiera saber mínimamente lo que ocurre en la escena rockera internacional (no se debe olvidar que el rock, al igual que todo lo que viene por medios masivos, forma parte de una cultura transnacional). Reproche del que, ojo, tampoco se libran Ruiz ni Larrea.

Condenar algo que se conoce mal dice mucho de estos caballeros, la mayoría egresados universitarios, a quienes aterra lo nuevo quizá porque los hace sentirse viejos. Pero dejémoslos, no pretendo dar lecciones de ética y metodología a nadie: sería entrar en un terreno en el que profesionales más pacientes y capacitados que yo, evidentemente, han fracasado.

Fuente:
El Zorro de Abajo (Lima), Nº 5: 60-63, jul. 1986.



[1]  El Zorro de Abajo, Nº 3, diciembre 1985.
[2]  «Hipocampo», suplemento dominical del diario La Crónica, 9/II/1986 (a este artículo no le dedicaré mucho, porque ya otra persona se encargó de poner las cosas en su lugar. Ver: «Hipocampo», 9/III/1986) y El Zorro de Abajo, Nº 4, marzo 1986.
[3]  Bueno será dejar constancia de dos artículos más equilibrados en su crítica y valoración de los subterráneos: el de Abelardo Oquendo Heraud en Debate Nº 36, y el de Víctor Patiño en La Casona, Nº 5-6.
[4]   Larrea, op. cit.