sábado, 3 de diciembre de 2016

MARXISMO Y «ROCK SUBTERRÁNEO»: EL DEBATE, 1985-1986 (parte 4, PEDRO CORNEJO GUINASSI)


IV

PEDRO CORNEJO GUINASSI:
“ROCK DESDE EL GABINETE”

A propósito de la crecida rocarolera del último año y del impacto que el Rock Subterráneo ha tenido sobre un sector de la juventud limeña, así como en los corrillos intelectuales de la izquierda, se ha empezado a generar un debate en torno a la naturaleza y perspectivas del rock en nuestro medio. Es precisamente dentro de esta discusión que acaba de salir publicado un artículo escrito por Augusto Ruiz Zevallos bajo el título de «Rock, juventud y política» (Hipocampo, 9/02/86).

I

El enfoque del autor se sitúa de entrada en una perspectiva netamente teórica que omite casi por completo la referencia directa y experiencial al rock, pero que tiene el mérito indudable de situarlo dentro de la problemática más amplia de la discusión sobre cultura de masas y cultura popular. Para ello se apoya indirectamente en los aportes de teóricos clásicos como Adorno o Benjamin, así como en otros más actualizados como son los de Stuart Hall, Dave Laing y, sobre todo, en el libro de Simon Frith Sociología del rock, que suministra, en realidad, el núcleo de la argumentación de Ruiz. Este artículo polemizará entonces con las posiciones esbozadas en dicha obra y se verá obligado a moverse en términos que podrían parecer eruditos, pero que son indispensables para comprender la fuente de que se alimentan las posiciones allí planteadas.

Su tesis central afirma que la cultura de los jóvenes, si bien sujeta a los mecanismos modificatorios y desmovilizadores de los mass media, es también cultura popular. Ruiz, que “se siente en cierto modo partícipe” de esta interpretación, añade, sin embargo, que sería un error derivar de ahí una total identificación entre cultura juvenil y cultura popular, en la medida en que no toda manifestación juvenil –el rock, por ejemplo– es por necesidad auténticamente popular. A partir de aquí concluye, suscribiendo la tesis de Dave Laing, que considera la escena del rock como campo de lucha cultural entre tendencias alternativas y retardatarias, distinguiéndose las primeras por el desafío ideológico que comportan respecto a los valores y cultura dominantes.

El problema surge cuando Ruiz intenta comprender el rock de los ochenta a partir de las nociones formuladas por los autores mencionados. Y es que las tesis de Frith y Laing son comprensibles y válidas únicamente dentro de la lógica contracultural de los sesenta, cuando apareció una cultura otra, opuesta a la oficial y dispuesta a combatirla frontalmente. Pero tras el fracaso de ese intento y luego que la industria demostrara su capacidad para absorber y asimilar inclusive discursos contestatarios, quedó clara otra cosa: que las nuevas condiciones volvían inútiles y estériles los términos contraculturales en que se había planteado la discusión y el proyecto en los 60. Se entiende entonces que Frith no comprenda los nuevos matices que trae el rock de los setenta –desde el underground americano hasta el punk inglés– precisamente porque no encajan en dicho marco teórico.

Pues bien, Ruiz no se percata de ello y comprende el punk como un nuevo brote contracultural cuyo punto flaco residió en su inconsistencia ideológica, al portar valores de la cultura dominante. Las bandas postpunk recuperan, según él, ese espíritu de oposición pero superando las incoherencias del punk inicial.

Pero lo cierto es que ni el punk es contracultura, en un sentido musical, ni las bandas postpunk son contestatarias en el sentido que Ruiz entiende ese palabra. Si el punk llevó hasta sus últimas consecuencias la oposición frontal al sistema, también es cierto que en el aspecto musical pronto tomó conciencia de que ese era el camino directo hacia el fracaso: resulta ingenuo pensar que el rock va a cambiar el mundo y que es posible vencer al sistema. Por eso cuando los Sex Pistols editan su segundo LP, «La gran estafa del rocanrol», con versiones discoteque de sus temas más explosivos, le estaban mostrando a la industria musical, vía la ironía y la burla, que eran perfectamente conscientes de su ubicación dentro de ella y que estaban dispuestos a usufructuarla en los términos que ellos creyeran convenientes. Con este disco el punk terminó infiltrándose, consciente y voluntariamente, dentro del establishment sentando las bases del postpunk.

Así en la certeza de que es imposible vivir fuera de la industria musical si se quiere hacer un rock que exige la tecnología que ella ofrece, grupos como The Stranglers, Talking Heads, The Cure, Siouxsie and the Banshees, Killing Joke, etc., optaron por introducirse desde el saque en el circuito comercial para crearse allí dentro espacios diferenciados desde donde emitir mensajes musicales que se sustraigan, no a la lógica del mercado capitalista,[1] sino a la uniformización de los mass media. Estos grupos se destacan del montón no porque desafíen ideológicamente la cultura dominante, como fantasea Ruiz, sino porque su lenguaje musical está configurado por una multiplicidad de referentes que van desde ritmos y melodías ajenas al rock –jamaiquinos o árabes, orientales o latinos– hasta construcciones estandarizadas y comerciales que les sirven para acpturar al oyente pero que, articuladas en contextos sonoros diferentes a los del promedio, son resignificadas comunicando visiones y sentimientos completamente diferentes. En este sentido, no están contra el sistema porque están dentro de él y les interesa seguir utilizando lo que se les ofrece. Tampoco están unidos por una ideología común «anticapitalista» como sugiere Ruiz en otro artículo:[2] son en realidad pequeñas unidades que se desplazan en múltiples direcciones evitando todo encasillamiento, incluso el de la contestación.

II

El pathos de los ochenta no es, pues, el de la oposición sino el de la diferencia, tanto respecto al rollo estandarizado como a los otros. Si se habla en términos de oposición, más adecuado sería tomar como referencia al hardcore punk que sí se plantea en términos de movimiento y que sí postula un desafío al sistema capitalista, tanto en su estructura económica como en sus valores. Pero a Ruiz el hardcore le repugna por estridente y ruidoso y, básicamente, porque postula la anarquía como alternativa, cosa que para un marxista como Ruiz no pasa de ser un “síntoma de debilidad ideológica”[3] como todo lo que no encaja en su ortodoxia.

En nuestro medio, a tesis que postula el rock como escena de una lucha cultural es doblemente frágil en tanto ella supone la existencia de una industria musical que aquí aun no existe. Ruiz no entiende que el espíritu del Rock Subterráneo limeño está, más que en sus letras, en su manera de relacionarse con el circuito comercial, a medio camino entre el postpunk y el hardcore, perfilando una personalidad propia y tercermundista que Sigfrido Letal –a quien Ruiz tergiversa con frecuencia– sí fue capaz de percibir. Si Letal llamaba la atención de la izquierda por su ceguera frente al Rock Subterráneo, Ruiz voltea la cuestión: el Rock Subterráneo debe hacerse digno de la izquierda, y para ello debe perfilarse ideológicamente como oposición, lo cual significa, en última instancia, que se articule en los términos que la izquierda marxista considera correctos. El problema consiste en que a los supuestos interesados –los subterráneos– este acercamiento a la izquierda no le preocupa en lo más mínimo, más aun, prefiere evitarlo. Quizá porque hasta ahora ningún proyecto político institucional –sea de izquierda o de derecha– se ha mostrado digno de que el Rock Subterráneo opte por él.

Fuente:
«Hipocampo», suplemento cultural de La Crónica (Lima), marzo 9 de 1986, pág. --.



[1]  Justamente es el desconocimiento del rock lo que hace que Ruiz patine de mala manera cuando sindica como “de izquierda” a grupos a los cuales la oposición política, el cuestionamiento social, no les interesa sino de modo tangencial (The Stranglers), o que no les importa en lo absoluto (Human League, Depeche Mode, OMD). Claro que para él es suficiente garantía el hecho que los promocione Marxism Today, pero eso no es otra cosa que recurrir a un argumento de autoridad (ad hominem) de pésima calidad.
[2]  Véase el artículo que Ruiz publicó en «El Caballo Rojo» el 6 de octubre de 1985.
[3]  Ídem.